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Pasajeros involuntarios

Maricarmen Delfín Delgado | Imágen: internet

Viajar es como un sueño, es transportarse a otros mundos, es adentrarse en el espacio privado de culturas, territorios y pensamientos, absorber el entendimiento ajeno que al mismo tiempo es el nuestro, ya que más allá de nacionalidad, raza y religión, la esencia humana es la misma pues todos luchamos por la supervivencia diaria, todos sufrimos, todos buscamos la felicidad y todos amamos. Tal vez la forma de hacerlo sea diferente pero el fin es el mismo.

El viajero sacrifica la comodidad de estar en casa por la aventura que el destino planea para él, pues lo que se traza como objetivo se va modificando con situaciones fortuitas que el azar maneja como una botella lanzada al mar sin saber dónde encallará. Así, la travesía se convierte en una colección de días alegres, tristes, absurdos, mágicos, oníricos, sorprendentes, lentos y acelerados, que como cuentas de un rosario bendito pasan uno a uno por las manos del viajante para dejar una huella indeleble en su espíritu.

Al reflexionar sobre las situaciones que aparecen en el recorrido hay la sensación de que le pudieron suceder a otras personas en este y en otro tiempo, como en un sueño en el que la historia toma un camino impredecible donde el final es incierto y los sentidos se dejan llevar sin rumbo fijo; el viajar sin aferrarse a un plan estrictamente marcado da la oportunidad de disfrutar con holgura los momentos emocionantes no planeados.

Muchas veces se viaja por necesidad, por opción o por deseo, pero viajar no es solamente hacer turismo, es romper la rutina de lo cotidiano, conocer y experimentar en mano propia las historias aprendidas tiempo atrás y tomarle sabor con la experiencia vivida. Es medir nuestra capacidad y nuestros límites, se convierte en un ejercicio de paciencia, audacia, habilidad y tolerancia al convivir con extraños que coinciden en la misma situación y en un mismo espacio, para convertirlos en amigos, hermanos y hasta confidentes en un territorio donde ellos son lo único que nos recuerda nuestro terruño y nuestra cultura.

Viajar es un aprendizaje constante con equivocaciones y aciertos, ayuda a recuperar la mirada curiosa de la infancia en las alas de otra perspectiva, abre nuevas puertas a la imaginación. Es amanecer cada día de manera diferente y en distintos lugares mostrando tu lado amable a personas con las que nunca has convivido, compartir la mesa y espacios con otros viajeros de gustos e inquietudes similares o distintos a ti, hacer concesiones y amistades.

Después de cada viaje la vida cambia, nunca será igual, regresamos con un cúmulo de experiencias que dan lugar a una nueva historia personal, con la mente abierta  al descubrirnos a nosotros mismos, valorando y agradeciendo a la vida todo lo experimentado con los cinco sentidos, con la melancolía que queda al regresar después de la inquietud que sentimos al inicio de la aventura , donde hacemos un recuento de los momentos más que de los días, recordando el instante  en que soltamos las amarras y las velas para que el viento favorable que sopla el destino nos llevara a nuevos puertos.

El avance en la historia de la humanidad se debe en parte a los viajes y a sus viajeros, hombres que no sintieron miedo a enfrentar lo incierto con el afán de encontrar algo diferente en sus caminos y saciar el instinto de conocimiento propio del ser humano, dando como resultado el acervo cultural y científico origen de lo que hoy somos y tenemos.

Durante siglos la humanidad ha viajado, lo ha hecho en el sentido amplio de esta palabra, con dos puntos esenciales de todo recorrido: un inicio y un fin. Se hace directo sin detenerse y no retornar, podemos incluir alguna parada; hacerlo redondo para volver donde empezamos, iniciar en un punto y regresar a otro diferente al de inicio, o quedarse a mitad del camino. La vida misma es un gran recorrido con un destino final inevitable, seguimos un itinerario sujeto a cambios haciendo escala muchas veces sin planearlo para finalmente concluir este gran viaje en territorio incierto.

Al no poder viajar físicamente, se hace con la mente imaginando, conversando, escribiendo historias y leyendo, así se ha manejado desde siglos atrás pues la literatura es un gran viaje donde se mezclan el pensamiento propio con el del autor, travesía compartida que nos vuelve uno solo, simbiosis espiritual, amalgama de emociones, metáfora imprescindible como justificación para darle sentido a la existencia. El viaje se vincula con temas diversos para darles mayor sentido y encontrar la paz, la felicidad, la riqueza, el amor, el terruño añorado o prometido.

En muchas obras encontramos viajes físicos mezclados  con la trama finalizando al momento de terminar la historia: viaje interno, para llegar a la reflexión por medio de la meditación y encontrar la respuesta; viaje espacial, donde se rompen los límites terrestres por medio de la ficción; viaje al infierno o inframundo, tocando la delgada línea entre la vida y la muerte, la inmortalidad del alma y a veces de la carne; viaje mítico, con dioses y seres mitológicos sorteando todo tipo de adversidades.

Viajar por el tiempo es otro tema socorrido por la literatura donde se refleja el deseo del ser humano por retroceder y al mismo tiempo ir más allá de su realidad con el fin de enmendar lo que hoy es irremediable.

Otro viaje que para unos es placentero, para otros incorrecto y algunos más mortal, es el que producen los estimulantes, donde el equipaje que se carga es emocional. Mejor hagamos un viaje astral y conectémonos con nuestro Yo Superior.

Así vamos y venimos, con maletas, con mochilas, con sueños, con esperanzas, con tristezas, para escapar de la existencia real, o simplemente sin llevar nada; sin percatarnos que somos pasajeros involuntarios de la casualidad.

mcarmendelfin@hotmail.com

Letras

Fuente: María del Carmen Delfin Delgado

Sostengo entre mis manos el universo atrapado entre dos puertas, esas que forman la portada de algún libro, me introduzco para mezclarme entre infinitas letras, variadas y bellas aparecen una tras otra como estrellas fugaces regadas en el firmamento de las hojas, saltan, viajan de una página a la siguiente, me salpican con su lluvia estelar encerrando mensajes, en constelaciones formadas por ideas iluminan mi intelecto. Estas letras me sonríen, me llaman tímidamente, las sigo, me observan confiadas, seguras están que entrarán en mi pensamiento teniendo como cómplices mis ojos.

Saltarinas las tomamos de la fuente donde el rocío salpica ariales, times new roman, calibris, lucidas; van creciendo como mayúsculas, desfilando minúsculas pero grandiosas en contenido, vestidas de gala cuando son letras capitales, cursivas se inclinan con la reverencia que merece el título o la frase famosa, las comillas las imitan colgándose como aretes al enunciado, y como las palabras no hacen distinción se bañan de color para convertirse en negritas, nadie las desprecia por su oscura apariencia pues dan fuerza a la voz que habla intensa para convencer.

Su lugar no solamente es el texto, están colocadas aquí y allá, su existencia nos envuelve, pernoctan con nosotros, amanecen con el sol y recostadas en la almohada, nos hablan al despertar después de haber jugado incoherentes en los sueños, nos invitan a desayunar flotando en la taza escondidas en el marrón del café para quedar envueltas en el incitante aroma, convirtiéndose en el mensaje que recrea la adivinadora, en el plato reposan coloridas sobre la fruta que recostada espera la mordida, nos incitan, nos deleitan, nos alimentan.

Hay letras que se columpian como las hojas en los árboles, su movimiento nos relaja, cuelgan en el lápiz balanceando la narrativa, su mensaje ruge como follaje movido por el viento, agitan los renglones cual rama crujiente a punto de caer por la fuerza del contenido. Otras perfuman los sentidos como hermosas flores, destilan la esencia en el sutil poema, adornan la idea con la belleza del adjetivo, se colocan en un florero sobre la mesa del pensamiento, para finalmente descansar como tendidas en el césped por la alegría de la lectura o saltar sobre la mano alojándose en los pliegues como mapa dérmico para leer el destino.

Son niñas traviesas, corren, ríen, juegan, se colocan el acento sobre la cabeza como vistoso moño, usan la virgulilla cual sombrero que se frunce al apretar la nariz de la eñe, saltan la cuerda con la u, una misma letra juega a ponerse la tilde en todas sus silabas para disfrazarse con diferentes significados, hacen alianza con sus amigas para formar palabras compuestas, otras se unen y son hermanas gemelas, así lo presumen la doble ele y la doble erre, la hache es muda pero dice mucho sobre la honestidad y la humildad, y las i  son tocayas con distinto apellido. Las góticas lucen su blusa de encaje, sus primas las manuscritas antiguas rebozan de elegancia, son estudiosas y se aplican para convertirse en letra magistral, les gusta jugar a las escondidas para confundir a la escritura cuando siendo diferentes, suenan igual.

Son como el agua pura del manantial que emerge de las entrañas de la tierra, brotan nobles, acuciosas, dispuestas a llevar en su torrente el mensaje transparente, incoloro, limpio, el mensaje purificante cuando otras aguas se muestren turbias y revueltas, y fluir llevando el dolor hasta la orilla del mar para que las olas de llanto lo diluyan muy lejos. También caerán como una tibia lluvia de verano llevando vida en las gotas de tinta para impregnarse en la fértil hoja de un amoroso momento, germinarán en las cartas, en los glosarios, en las invitaciones a un significativo evento, en legajos sellarán compromisos y revivirán momentos, serán la semilla de mil historias encerradas en un pliego.

Ellas nos visten con variados ropajes, nos abrigan el corazón con el mullido suéter tejido con sílabas positivas y amorosas, con la fuerza de la palabra lucimos con el ropaje que nos acomodan, con traje de héroe o atuendo de villano, los gentilicios nos ponen sombrero, acordeón o jarana. Significado y significante se confabulan para armar nuestro guardarropa personal.

Vuelan como hojas con el aire de otoño, recorren largas distancias atrapadas en remolinos que las mantienen en ocasiones tocando el piso y en otras muy alto como queriendo rozar las nubes, en el viaje son leídas, comprendidas, admiradas, aceptadas o rechazadas, son un papalote de ideas que parece inalcanzable pero que más adelante bajará a nuestro alcance. Tal vez alguien tenga razón cuando diga que las palabras se las lleva el viento.

Las letras son libres y al mismo tiempo están sujetas, sus reglas las mantienen en el lugar correcto, son rígidas, no permiten desacato, protegen la estructura que les da cuerpo, las defienden de todo maltrato, son las guardianas de su reputación. Aunque algunas se llamen graves, no están enfermas, las agudas no miden 90 grados, las esdrújulas (nombre derivado del italiano que significa resbaladizo) no lo son tanto, por el contrario, parecen atorarse en la lengua. Los signos de puntuación no las dejan solas, siempre junto a ellas para darles valor en la lectura, defendiendo las ideas para entregarlas íntegras al lector. Aunque algunas ya estén en desuso son parte de la familia abecedario.

Las letras también son mis cómplices, están en mi nombre y apellidos, ellas me dan identidad como persona, apoyan y avalan mis compromisos al quedar plasmadas en mi firma, como también lo hace la letra de cambio al resguardar mi dinero.

Hoy nos propusimos festejarlas, hacer una fiesta para que bailen, canten y cuenten, para que vuelen como serpentinas y se enreden en el pensamiento, para esparcirlas como confeti que cubra el cuerpo y el alma, para que todos terminemos con un rico sabor de boca degustando esta suculenta sopa de letras.

Nuestras manos

María del Carmen Delfin Delgado

El cuerpo humano es la gran obra de la naturaleza, es la maquinaria creada por el Universo con un funcionamiento de gran perfección, todas sus partes tienen un trabajo específico, nada sobra y nada falta. Piezas importantes de este ensamblaje son las manos, extensiones del cerebro y, poéticamente, también del corazón. Sin ellas la especie humana no hubiera evolucionado, gracias a la posición del dedo pulgar podemos sujetar objetos, acomodar el lápiz para escribir, sostener los cubiertos, tocar, acariciar, palpar, etcétera.

Es difícil concebir una vida placentera sin las manos, aunque hay personas que carecen de estos miembros y se adaptan para sustituir sus funciones, para la mayoría el uso de las manos es imprescindible y tal vez no lo valoramos en su justa dimensión. Nuestras manos están en constante movimiento, desde que despertamos hasta la hora en que conciliamos el sueño y el descanso, ellas no dejan de trabajar, siguen el ritmo de las sensaciones cerebrales, presionan, rascan, mueven sábanas y frotan nuestros ojos.

Con movimientos de gran precisión logran que salga la esencia de los instrumentos musicales convertida en notas, salvan vidas en un quirófano, acomodan en la boca del bebé el seno que lo amamanta, son vasija para beber y plato para comer, puño que defiende y otras veces agrede, trasmiten apoyo e identidad apretando con fuerza, calman con una palmada, consuelan con una caricia, dan amor y placer.

Con las manos se habla mediante el lenguaje de señas, herramienta importante para la comunicación entre personas sordas o mudas; todos usamos códigos de señas cuando no podemos o queremos hablar: con un dedo sobre los labios indicamos silencio, con el índice señalamos o identificamos, con movimientos laterales negamos o rechazamos, moviéndolo hacia nosotros indicamos acercamiento, con el puño cerrado expresamos poder o coraje, manos entrelazadas o juntas solicitamos, en ocasiones con una seña ofendemos o despreciamos.

Las manos también son utensilios de medición con una unidad llamada palmo, se mide en línea recta del pulgar al meñique variando por el tamaño. Para las personas invidentes las manos son medio de comunicación con el mundo que los rodea pues con el tacto identifican objetos, palpan texturas y leen mediante el sistema Braille desarrollando una gran sensibilidad en sus dedos. Mediante el masaje terapéutico se logra sanar física y emocionalmente, aquí la habilidad para imprimir sobre el cuerpo la fuerza y la delicadeza con las manos depende de las necesidades del paciente. Para realizar todas estas actividades que requieren precisión, el cerebro debe estar seguro y es por eso que constantemente nuestros ojos siguen a las  manos.

La habilidad para realizar actividades con la mano derecha, izquierda o con ambas da lugar a que nos clasifiquen como diestros, zurdos o ambidiestros. La piel que cubre las manos es diferente a la del resto del cuerpo, es más suave y no cambia de color, la piel en la punta de los dedos es gruesa y sensible, alberga las huellas dactilares, marcas de identidad únicas en cada persona. Una cuarta parte de la corteza motora cerebral está dedicada a controlar exclusivamente el movimiento de las manos. La tercera parte de las atenciones en salas de emergencia son por accidentes en las manos, en el tema laboral dos tercios de todos los casos involucran a las manos.

La terapia Reiki consiste en colocar las manos del terapista a una distancia muy corta del cuerpo del paciente para transmitirle mediante las palmas la energía vital universal, se utiliza para lograr el equilibrio físico y emocional para sanarlo.

La quiromancia es un proceso adivinatorio por medio de la lectura de las rayas en la piel de las manos con el objetivo de definir la sicología y la personalidad del analizado.

En la punta de los dedos se encuentran más terminaciones nerviosas que en otras partes del cuerpo, 17,000 corpúsculos aproximadamente responsables del tacto se dispersan en las manos que son el principal manipulador del medio físico y de conexión con nuestro cerebro. Esa sensibilidad se traduce en placer, las manos tienen un papel importante en el erotismo, el simple roce entre las palmas estimula el lívido, la acción de los dedos sobre labios, espalda, orejas y demás zonas erógenas desencadena una serie de sensaciones placenteras.

Son tema cotidiano, constantemente las mencionamos cuando pedimos que nos echen una mano, o cuando ya quedamos a mano, si no se ve bien hay que darle una mano de gato, o si le hace falta otra mano de pintura; también hay cosasútiles que son de segunda mano. Si no lo aprovechamos es que se nos fue de las manos, a veces sin darnos cuenta se nos pasa la mano, la solución está en nuestras manos. Para distraernos jugaremos una mano de póker y si ganamos podremos pagar la mano de obra.

Ahora pongamos manos a la obra para disfrutar del tesoro que las extensiones del cerebro y del corazón nos brindan constantemente. Lo dejo en tus manos.

Africa sin Cadenas

  • Obra reciente de Martha Elsa Durazzo

Maricarmen Delfín Delgado

Somos un país multiétnico, nuestros orígenes son el resultado de una amplia mezcla de razas iniciada con la invasión española que alteró la pureza indígena con la sangre europea, más tarde por el contacto con las personas procedentes de África en calidad de esclavos, esta combinación sanguínea creció, creó una genética con características singulares predominantes hasta la actualidad, la mayoría de nosotros somos descendientes de pobladores africanos, llevamos dentro la tercera raíz, la que nos induce inconscientemente a pensar en ese pasado intrigante.

Así le sucedió a ella, la atracción por ese mar dónde navegaron cientos de embarcaciones cargadas de todo tipo de mercancía, la sumergió en sus cavilaciones, la llevó a penetrar a través de las páginas de un libro con sonidos de negritud, al centro mismo del escenario que se convirtió en el crisol donde se mezclaron la sangre, la humillación y la dignidad de una raza tan fuerte como el color de su piel.

La obra que hoy nos ocupa, nos lleva de la mano a recorrer un territorio devastado por la ambición y la barbarie, donde a pesar de imperar la fuerza de la maldad extranjera, sus pobladores luchan inútilmente para defenderse, con la consecuente pérdida de la vida y de la libertad a los que sobreviven a las despiadadas agresiones.

Martha Elsa Durazzo nos deleita nuevamente con su muy peculiar estilo, plasma con suave escritura la fuerza que le caracteriza imprime su personalidad en cada párrafo, la tinta lleva la esencia de una mujer sabia, conocedora de su actualidad pero también del pasado, con el que entreteje la realidad vivida y la historia cimentada en la investigación y la intuición.

La esclavitud como eje primordial de la novela, es planteado con tinte de veracidad, aunque se trate de una narrativa del género fantástico, ubica esta realidad claramente en un entorno de imaginación, viajamos con ella de un mundo a otro como en un sueño que al unísono se convierte en real, invitando al lector a sentarse junto a las protagonistas principales para sentir en la propia piel las sensaciones descritas.

En África sin cadenas, viajamos acompañando a los personajes, mujeres que denotan inteligencia, valentía y fortaleza, poderosas como toda mujer lo es, lo que autora marca en cada acción plasmada con claridad en el desarrollo, con imágenes claras describe la belleza del entorno, caminamos entre veredas, escuchamos el canto de las aves, el rugido de felinos, el baritar de los elefantes, percibimos el vuelo de las águilas en la cercanía. Con su diestra pluma nos hace testigos de la barbarie,

de la violencia, de las transgresiones que los captores aplican para adueñarse de esas vidas, de esos cuerpos, de su humanidad.

En medio de un torbellino de fuertes emociones, sintiendo indignación, impotencia y rechazo por aquellos hombres que torturan, violan despiadadamente y asesinan sin distinción, Martha nos brinda un descanso, apoyada en la anacronía nos permite ir de un contexto a otro, de la época donde se desarrollan los cruentos hechos a la tranquilidad cotidiana que comparte la narradora, con saltos en el tiempo nos hace partícipes de dos historias, de dos épocas, de dos vidas, entrelazadas por la magia espiritual y la magia de la escritura.

Su pluma revive, mediante la narrativa de ficción, el origen de un gran personaje, prácticamente desde la gestación hasta la etapa que lo ubica como singular libertador, a través de las vicisitudes y hazañas de la madre, que ante la muerte del progenitor y rey de la tribu, recibe el mensaje y la fuerza sobrenaturales para llevar a buen fin el destino del príncipe esclavo; hechos que el lector siente vivir llevado por habilidad envolvente de la escritora.

África sin cadenas, testimonio novelado en una conjugación de necesidad añeja, tributo a la herencia cultural y genética, rescate literario de la libertad secuestrada.

Tercera Estación

Maricarmen Delfín Delgado

¡Ah, el otoño!, su viento sopla como suave abrazo color marrón entre el verano y el invierno que invita al reacomodo espiritual, obligando al cuerpo a guardarse en quietud en busca calor y cobijo, de esparcimiento y amor. En ocasiones le reprochamos por la caída de las hojas, por la tímida y fría brisa, por la ausencia de sol, por el encierro obligado, sin embargo, la naturaleza es agradecida con la tercera estación pues regala el color y el perfume del crisantemo, la bignonia y el áster que lucen con todo su esplendor; con este colorido enfoque Albert Camus parangonó la estación diciendo: “el otoño es una segunda primavera, cada hoja es una flor”.

En la filosofía oriental la primavera simboliza la juventud y el florecimiento, el verano es la época donde nacen los frutos, el otoño representa la etapa del cambio donde las hojas secas se desprenden para dar paso a un nuevo follaje más maduro antes del descanso invernal. El poeta Leopoldo Lugones en su poema Amor eterno, aplica esta simbología: “No temas al otoño si ha venido / aunque caiga la flor, queda la rama, / la rama queda para hacer el nido”.

Siempre relacionamos al otoño con la caída de las hojas, lo culpamos por dejar las ramas desnudas y al árbol entristecido, sin embargo, éstas ya han cumplido su misión, cuando fueron verdes le proporcionaron oxígeno, realizaron la fotosíntesis, transformaron el bióxido de carbono, sostuvieron la vitalidad de su poseedor.

Al llegar el otoño las hojas secas caen como lluvia vegetal, no están muertas, quedan ahí almacenadas para cumplir la siguiente misión en esta segunda etapa, se convierten en abono, en cálido tapete, en ropaje de nido, aumentan la fertilidad y retienen la humedad, el acolchado de trituradas hojas protege a las plantas, cobija insectos, es un calefactor natural.

Son tema de canciones y poemas de amor, también de cantos infantiles. El poeta francés Jacques Prévers las hizo famosas en su canción “Las hojas muertas”:

“Las hojas muertas se nos agarran a la piel, ya lo ves no he olvidado nada, las hojas muertas se amontonan por las calles como las penas y los recuerdos.”

Gustavo Adolfo Bécquer en su narrativa Las hojas secas, entabla un diálogo entre dos de ellas que se preguntan cuál será su destino:

“…¿De dónde vienes, hermana? -Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube de polvo y de las hojas secas, nuestras compañeras, a lo largo de la interminable llanura. ¿Y tú? -Yo he seguido algún tiempo la corriente del río hasta que el vendaval me arrancó de entre el légamo y los juncos de la orilla. -¿Y adónde vas? -No lo sé. ¿Lo sabe acaso el viento que me empuja?…”

Ha llegado la estación más apasionada del año y la literatura lo sabe, el otoño como motivante inspiración regala su color, su aroma y un suspiro convertido en suave

airecillo para envolver el alma y el cuerpo, en un vaivén de sentimientos que vuelan como aquellas hojas entre las ramas del árbol de la vida.

Mi tiempo otoñal se anida en la piel

Recorre, busca y se acomoda sigiloso

En espera de dejar su huella fiel

Pero solo se muestra como un esbozo

No permito me labre con su cincel.

Podrá tomar mi cuerpo como suyo

Por naturaleza evitarlo no puedo

Con mi sabiduría lo diluyo

Rejuvenezco el alma con esmero.

Recibo el otoño como renovación

No como atribulada vejez

Vivo, canto y bailo con la emoción

De existir en plenitud cada vez

Saboreando las mieles de la tercera estación

Génesis de vida y muerte

Maricarmen Delfín Delgado

Fuego, concepto de múltiples acepciones de acuerdo con el contexto en que se sitúe, símbolo de vida, poder, pasión, misticismo, calor, peligro, destrucción y muerte.

A partir de que la especie humana descubrió el fuego dio un salto evolutivo, cambió la forma de alimentarse, de sociabilizar y de ver su entorno, a partir de esto, evolucionó su mundo. Al descubrirlo y dominarlo tuvo el problema de poder conservarlo, necesitaban un guardián para custodiarlo y así se apropiaron del fuego las religiones, hasta estos días sigue ardiendo en sus lugares de culto.

Fuego sagrado brillas en los santuarios, emerges del pebetero, tu fosforescencia permanece custodiada en el límpido altar que guarda las esperanzas, los deseos y las tribulaciones de los mortales, tu luz bendice el pan que alimenta el espíritu.

La adoración siguió a través del tiempo y se transformó en el culto al Sol, todos los pueblos lo adoraban como el más preciado elemento pensando que tenía vida convirtiéndolo en una deidad suprema hijo del astro solar. Los caldeos lo veneraban, pero los persas extendieron su culto, lo tenían por todas partes rodeado de muros sin techo para que la población llegara a rogarle y rendirle con esencias valiosas, flores aromáticas y joyas que le arrojaban para ser consumidas.

Fuego adorado durante milenios como el hijo del astro supremo, de tu ardiente corazón brota vida para compartirla con tus seguidores que te alimentan con las esencias de la naturaleza, con las gemas más preciadas simulando sus ojos, ventanas del alma abiertas para que tu presencia se funda hasta el más íntimo rincón de su humanidad, quedando cautivo como antaño entre los muros de la eternidad.

Cuando un rey persa moría se apagaban todos los fuegos de la población y sólo se encendía uno nuevo al momento de la coronación del sucesor. En esta y otras culturas se creía que el fuego había llegado del cielo y como elemento sagrado no debía ser ofendido, no se permitía arrojarle algo impuro ni mirarlo directamente; los sacerdotes lo conservaban secretamente divulgando la creencia de que tenía vida propia y se autoalimentaba.

En diferentes pueblos fueron variadas las creencias: al regresar de las batallas o de algún peligro inminente se encendía la hoguera para danzar a su alrededor y dar gracias por conservar la vida. Antes de comer se arrojaba el primer bocado al fuego para agradecer los alimentos; no permitían entrar a ningún extranjero a sus territorios sin antes haber pasado entre dos hogueras; evitaban meter en él los cuchillos y las hachas. Otras culturales pensaban que dentro del fuego habitaba un ser con doble personalidad que representaba al bien y al mal, le ofrendaban sacrificios constantes para que les ayudara en la pesca, en la agricultura o para concebir un hijo varón.

Fuego parangón de vida y de muerte, mensajero del bien y del mal, regalo de los dioses para no ser profanado por la mirada de los mortales, ser celestial guardado cual tesoro divino en el cofre secreto de los místicos destinados a cuidarte, ritos y leyendas danzan a tu alrededor, sacrificios y ofrendas alimentan tu dualidad.

En la antigua Grecia mantenían una llama eterna frente a los templos de sus deidades, así como en los límites de Olimpia para honrar a Zeus y recordar el mito de Prometeo. Este fuego sagrado debía ser puro y se encendía en el Monte Olimpo (hogar de los dioses olímpicos) mediante una skaphia, algo similar a una lupa, exponiéndola a los rayos solares para provocar una flama sobre hojas de laurel de donde era tomado el fuego con una antorcha para transportarlo hasta la cede de las competencias.

Llama de eterna brillantez nacida del aliento de los dioses, brotas del Olimpo para deslizarte entre cuerpos y mentes, fortaleza y pensamiento, tu calor viaja por las venas mezclando la sangre que se convertirá en una sola, tibieza de hermandad, luz espiritual que se refleja en los corazones, incitas la fogosa competencia que mengua cuando muere tu flama al nacer el día.

En la literatura el lenguaje debe ser bello, la figura literaria es el objeto estético y connotativo entendido como la comunicación íntima de dos almas, del escritor al lector, creándose una imagen poética placentera y efímera que satisface con el embellecimiento de la palabra. Así, el fuego como figura literaria tiene una acción dinámica y fuerte que sobrepasa el pensamiento exaltando sentimientos, traspasa las reglas de la significación, palabras irreverentes que arden en el fogón de las pasiones humanas donde se consume el ser.

Qué somos en este mundo, no sólo materia fugaz que desaparece tras la muerte:

Somos fuego místico guardado en los laberintos del ser, impetuoso se enciende cuando nace el día emulando la llama solar.

Somos fuego en plenitud esperando el momento preciso para dar fuerza a la hoguera.

La otra cara de la libertad

Maricarmen Delfín Delgado

El 28 de octubre de 1886 fue inaugurada la Estatua de la Libertad, símbolo de Nueva York e ícono emblemático de los Estados Unidos de Norteamérica. Fue un regalo de Francia para el pueblo norteamericano en conmemoración del centenario de su independencia. Está situada en la entrada del puerto neoyorquino.

Frédéric Auguste Bartholdi, también conocido por el sobrenombre de Amilcar Hasenfratz, destacado escultor francés es especialmente reconocido por ser el autor de la célebre “Estatua de la Libertad” o “La libertad que ilumina el mundo”, que es su nombre original, ya que la antorcha que sostiene la simboliza. Entre otras de sus obras famosas se encuentra el monumental “León de Belfort”, construido en un acantilado de esta ciudad para celebrar la heroica resistencia durante la guerra franco-prusiana. Además de otras 33 obras escultóricas igualmente bellas e icónicas.

El proyecto surgió en 1871 por iniciativa de un grupo de intelectuales que conformaban la Unión Franco-Americana al frente del académico Edouard de Laboulaye con el fin de encarnar la amistad, la paz y el progreso internacionales y afirmar los lazos entre Francia y los Estados Unidos de Norteamérica. El proyecto original fue de una escultura similar que estaría colocada en aquel país.

Se calcula que el escultor tardó más de diez años (1875-1886) en crear el monumento con la importante colaboración del ingeniero Gustave Eiffel quien diseñó la estructura metálica interna; este proyecto lo inició el escultor Eugene Emmanuel Viollet y a su muerte lo retomó Bartholdi. El escultor tomó como modelo las antiguas obras clásicas, expresando: “Estos seres de granito, en su imperturbable majestad, parecen estar escuchando aún la más remota antigüedad. Su mirada amable e impasible parece ignorar el presente y fijarse en un futuro ilimitado.”

Compuesta por la figura de una mujer que emula a la diosa romana Libertas porta una enorme corona de siete picos, con una altura de 93 metros desde el piso hasta la punta de la antorcha cuya flama está cubierta con láminas de oro de 24 kilates, su singular rostro está mirando hacia el continente que la vio nacer.

¿Pero ese rostro, en quién fue inspirado? La versión más aceptable pone a la madre del escultor como modelo, la señora Augusta Charlotte, Bartholdi nunca desmintió este hecho. Sin embargo, se ha mencionado otra historia más romántica, algunos autores afirman que la verdadera musa inspiradora fue la francesa Isabella Eugenie Boyer, hija de padre francés y madre inglesa.

Ella se casó en Nueva York a los 22 años con el empresario Isaac Singer de 52, fundador de la famosa empresa fabricante de máquinas de coser; en 1867 regresaron a París para años después mudarse a Inglaterra. Singer murió en 1875 quedando Isabella soltera y popular por su atractivo, en ese año Bartholdi aún no se casaba con su amante que posteriormente sería su esposa, se rumora que él la conoció quedando impactado por su belleza.

En 1879 se casa nuevamente con el famoso músico holandés Víctor Reubsaet, violinista y cantante de éxito internacional quien muere en 1887. Aún muy atractiva, en 1891 contrae matrimonio por tercera vez con el coleccionista de arte Paul Sohege. Isabelle muere en mayo de 1904 a la edad de 62 años, curiosamente en el mismo año que Auguste Bartholdi (4 de octubre de 1904), quedando registrada en la historia del monumento como la otra cara de la libertad.

Raíz de la cultura xalapeña

Maricarmen Delfín Delgado

California, palabra que al escucharla nos traslada mentalmente a una hermosa península de nuestro país, lugar que alberga a dos estados de exótica belleza; de sonido suave y armónico por el engarce de sus sílabas, su origen hasta el día de hoy es dudoso, envuelto en cierta fantasía, un tanto romántico.

En 1535 Hernán Cortés y su ejército llegan a la Paz, Baja California Sur, bautizando el territorio como la Bahía de la Santa Cruz por haberlo hecho un 3 de mayo, declarándolo territorio de la Corona, años después envía una expedición para navegar mar arriba y corroborar si se trataba de una isla o de una península.

Aquí la primera teoría: en 1534, el navegante culto Fortún Jiménez fue el primero que descubrió esta tierra confundiéndola con una isla en el segundo viaje patrocinado por Cortés, al adentrase refiere que era tan caliente como un horno. Sin embargo, los historiadores atribuyen esta expresión al propio Cortés, ya que había estudiado latín en Salamanca, como callida fornax (horno caliente); o de una mezcla de latín y alemán, y la clave sea calif ferne (caliente y lejano).

Otra teoría nos dice que el militar aristócrata y explorador Gaspar de Portolá llega en uno de sus viajes a la península en 1768 y al desembarcar exclama que era como un calor de forn (calor de horno), ya que en Áger, provincia catalana dónde él vivía, le llamaban así a los atrios de la iglesias, sitios donde se sentía un exagerado calor.

Sin embargo, la palabra “california” ya existía en el castellano pues aparece en varias obras literarias del siglo XVI como la novela épica La Canción de Rolando en la novela de caballería Las Sergas de Esplandián.

Recordemos que con el Tratado Guadalupe Hidalgo (1848), México cedió la mitad de su territorio a Estados Unidos con el fin de terminar el conflicto bélico entre ambos, el cual tenía devastado a nuestro país, que comprende los que actualmente son los estados de Nevada, Utah, Nuevo México, Colorado, Texas, Arizona, Wyoming, Oklahoma, Kansas y California. Consecuentemente muchos los ciudadanos mexicanos pasaron a formar parte de aquel país.

El Condado de Amador en California, es uno de los más grandes en EEUU, su creación se atribuye a un empresario y explorador llamado José María Amador, quien tenía un enorme rancho reconocido por el gobierno mexicano en 1836, donde alojaba a los aventureros que llegaban a aquella zona animados por “la fiebre del oro” alrededor de 1849. En 1851 el gobierno estadounidense obligó a José María a vender sus tierras. Sin embargo, su familia compuesta por 22 hijos en tres matrimonios logró conservar el nombre de su padre y fundador.

California, sigue teniendo un sesgo romántico, José María era hermano de Sinforosa Amador, mujer elegante y culta. Su primer esposo fue el español Miguel Mendoza con quien tuvo cinco hijos, al enviudar decide viajar al interior del país como misionera para difundir la cultura jesuita europea asentándose en la Villa de Jalapa en 1814, aquí conoce a José Pérez Oliva y Sabana médico cubano que llegó México para promover la campaña de vacunación “Balmis”, trabajo altruista y filantrópico que se prolongó de 1803 a 1814, es en este último año cuando pasa por esta población para inocular a sus habitantes contra la viruela, se enamoran y al poco tiempo deciden casarse.

Ángela Mendoza Amador, una de los cinco hijos de su primer matrimonio, fue esposa del licenciado Antonio María de Rivera. De su segunda unión nacieron tres descendientes, el menor, Juan José Pérez Amador se casó con Sofía Rivera Mendoza, su sobrina. La descendencia de Sinforosa siguió siendo destacada, su hija Monserrate Pérez Amador se une en matrimonio con Manuel María Quirós, de donde nacieron María de los Ángeles Quirós Pérez esposa de Alonso Güido y Acosta, ella establece una de las primeras escuelas mixtas en la calle Revolución, y Concepción Quirós Pérez quien posteriormente funda la Escuela Superior Industrial para Señoritas, que hasta el día de hoy funciona en la calle Clavijero.

Destacados personajes en la historia de nuestra ciudad, hombres y mujeres descendientes de la gran familia que formó doña Sinforosa Amador, gentil dama, raíz del árbol genealógico de la cultura xalapeña.

La esencia de una artista

¿Quién es Blanca Virginia Vargas López?
Una mujer que ama la vida, hace lo que le gusta y disfruta el día a día.

¿Dónde nació Blanca la niña, la adolescente?
Nací en la Ciudad de México. Fui una niña muy callada, no tuve amigos en la escuela primaria y en mis ratos libres me gustaba dibujar y bailar. Al ingresar a la escuela secundaria todo cambió, a pesar de que sólo tuve una amiga, me gustaba convivir con los compañeros del grupo cuando llevaban las guitarras a la escuela, yo feliz de escuchar la música y bailar; en esta etapa inicié una gran actividad en varias cosas: tomé cursos de Cultora de Belleza, formé parte de un ballet de danza folklórica, me inscribí en clases de natación y en un taller de cocina; en mis ratos libres leía.

¿Qué le motivó para dedicarse al arte?
Considero que, sin darme cuenta, siempre he estado inmersa en el arte, sin embargo, fue hasta hace unos 16 años que decido tomar talleres de pintura por invitación de una amiga, jamás imaginé dedicarme al arte.

¿Por qué decidió promover la cultura?
No fue una decisión consciente, cuando yo empiezo a incursionar en el arte, me doy cuenta de que hay mucho talento y pocas oportunidades. Por fortuna a mí se me han abierto muchas puertas y una cosa me llevó a la otra; al tener la facilidad de gestionar espacios, decido compartirlos y apoyar a los compañeros que tienen el talento pero se les complican las relaciones públicas, es así como me inicio en la gestión y promoción cultural

¿Qué espera de esta actividad?
Espero que el arte y la cultura se convierta en algo indispensable en las escuelas, es allí donde sembramos las semillas para después cosechar sus frutos. Quiero compartir el comentario de un chico de secundaria en la más reciente gira que tuve, precisamente impartiendo talleres de pintura: “gracias maestra, me entretuve más aquí que en mi casa”…

¿Blanca como hija y madre?
Viví poco tiempo con mi madre, la visito poco, sin embargo, tengo mucha comunicación con ella vía telefónica, tal vez no he sido muy buena hija.
Tengo dos hijas y considero que ellas son las que me tienen que calificar, lo que sí puedo decir es que siempre he apoyado y respetado sus decisiones.

¿Blanca como amiga?
Soy buena amiga, confío en la gente y si alguien me da la espalda, simplemente sigo mi camino y hago de cuenta que esa persona no existe, aunque en el medio en el que me desenvuelvo me tope con ellas en algún momento.
Blanca Vargas, ¿está satisfecha con lo logrado hasta hoy?
¡Más que satisfecha! Estoy haciendo lo que nunca imaginé pero que me encanta y he tenido la fortuna de encontrar grandes amigos y gente que me ha apoyado en el camino. No me queda más que agradecer mi fortuna.

Si naciera nuevamente, ¿cambiaría algo en su historia de vida?
Tal vez terminaría algunos cursos que dejé pendientes.

Blanca, comparte un mensaje
No sé en qué momento me convertí en una persona sumamente positiva, por lo que no puedo decir otra cosa que: “Siempre haz lo que te guste, disfruta cada momento de tu vida y no mires atrás”.

Blanca Vargas, artista plástica radicada en Xalapa Enríquez, Veracruz, egresada del IPN con licenciatura en Administración Industrial. Con más de 100 obras de caballete, más de 200 de arte utilitario e intervenciones en murales con alto relieve. En el terreno literario tiene obra poética con participación en diversas publicaciones nacionales y extranjeras. Actualmente trabaja en producción de pintura y poesía para exposiciones y antologías próximas a realizarse.