Confetti

  • La universalidad del sentimiento

Maricarmen Delfín Delgado

Somos pasajeros, compañeros de la misma balsa, habitantes del mismo planeta, con estandartes diferentes, con escapulario o sin él, con una biblia, un coram, con el canon pali; en fin, con preceptos y fronteras impuestos siglos atrás que siguen siendo cánones actuales. Estos preceptos nos han hecho pensar que somos diferentes unos de otros, que el color de la piel o de las banderas nos pone en un mundo aparte,  siendo la misma especie con una constitución interna igual, con órganos, huesos y piel formados por el mismo tejido celular que nos permiten respirar, comer, reproducirnos y caminar a casi todos de igual manera ,y sobre todo, sentir las mismas emociones y emanar los mismos sentimientos, somos humanos donde nos encontremos no importando el rincón del planeta donde nos tocó vivir.

Las formas de expresar esas emociones varían de acuerdo al contexto y la formación, a la personalidad y a las situaciones cotidianas, para algunas personas es muy difícil decir lo que sienten. En ocasiones pensamos que no es importante externar nuestros pensamientos, contar lo que el “yo” necesita decir, las reflexiones como resultado de la naturaleza humana, aunque criterios absurdos definan que somos diferentes, todos poseemos un cerebro y un corazón que dicta lo que somos.

El arte es la forma estética de expresar los sentimientos, es la válvula de escape del lenguaje espiritual, de transformar en materia los sueños, de acercar a los humanos, es la firma y huella de la civilización, es el resultado de la observación mezclada con la meditación, es la actividad humana que desentraña el misterio del mundo, comunica emociones. El arte expresa los intereses más profundos del hombre en un juego placentero con los colores, las formas, las texturas, la luz, las imágenes, los sonidos y los espacios; entre el autor y su obra siempre habrá una íntima relación de identidad.

Nuestra esencia busca de variadas formas comunicar lo que siente, las expresiones corporal, facial, sonora y oral tienen como vehículo a la danza, el teatro, la oratoria. Tal vez nos creamos incapaces de decir mediante la voz lo que sentimos, el temor nos hace presa de esa inseguridad, sin embargo, la necesidad de exteriorizarlo no mengua buscando la forma de salir. En este trance los sentidos se encaminan hacia la pintura, la música y la escritura.

El lenguaje nació con la humanidad y ésta se ha valido de un sin fin de medios como recurso de comunicación y expresión, esencialmente de su voz y su cuerpo como instrumento vivo del sentimiento emanado, aquel que dictan las emociones propias del ser racional y lo hacen distinto a otros vivientes. Estas emociones afloradas varían en su matiz ya que son resultado de experiencias negativas y positivas, ya que sentimos tristeza, alegría, amor, coraje, depresión, motivación, todo el abanico de sensaciones que estimulan las glándulas provocando dolor o placer.

En la necesaria convivencia humana nos percatamos de la similitud que existe entre habitantes de una región, ciudad o país cuando compartimos un espacio físico o virtual, charlamos generalmente de temas que interesan o apasionan a dos o más personas, también habrá quien difiera o le moleste el tópico tocado, pero lo importante aquí es sentirse escuchado, reconocido y respetado como parte de una necesidad primordial propia del ser humano.

Al escuchar una obra musical, una canción popular, un poema, contemplar una pintura, una escultura, un bello edificio, o bailar al ritmo de cualquier balada, lo hacemos sin etiquetar al autor por su raza o nacionalidad, simplemente nos regocijamos disfrutando de esa bella experiencia que deleita los sentidos y nos identifica con un sólo sentimiento, con la esencia que fluye del mismo lugar en cualquier cuerpo, con lo que comprobamos la universalidad del sentimiento.