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Entre el estetoscopio y la pluma


Confetti

La ciencia es un océano donde confluyen todas las aguas, con olas que agitan diferentes corrientes que finalmente se mezclan para formar parte de un mismo cuerpo, donde el remolino de las vivencias nos lleva inevitablemente a un punto común: el conocimiento encaminado al beneficio del hombre. Las disciplinas científicas y filosóficas, la tecnología y el arte se entrelazan para interactuar con la naturaleza humana, hurgar en lo profundo para encontrar la solución a lo que nos aqueja. Esa búsqueda constante involucra, en consecuencia, a todos los estudiosos preocupados por lograr la mejoría física y espiritual, los hermana para cumplir el mismo fin: un bienestar integral.

La medicina es una profesión especial y exigente, requiere de muchos, muchísimos años de preparación, de disciplina, de sacrificios, de constante capacitación, de aprendizaje que nunca termina, y sobre todo, de una verdadera vocación y sentido humanista. Estas características hacen del médico un hombre especial, con la capacidad de prolongar el regalo de Dios que es la vida. En sus manos el Ser Superior ha depositado la fuerza para lograrlo, en su mente la sabiduría y en su corazón el amor hacia sus semejantes. También esas manos, esa mente y ese corazón se impregnan de las vivencias del paciente, las toman y las hacen suyas en esta altruista profesión.

Tanto en la Medicina como en la Literatura creativa el elemento esencial es el hombre y su vida, por lo general el doliente, es el punto de encuentro de ambas disciplinas. El doctor lucha por desaparecer el dolor, lo estudia, deduce el origen y lo resuelve; constantemente aplica la sicología para atenuar lo que por un momento los medicamentos no pueden resolver, escucha y con resuelta sonrisa aminora el sufrimiento. El escritor también busca sacar ese dolor en la poesía, en la narrativa, en la novela, lo expone para ser entendido, sentido y finalmente desechado.

El objetivo de mejorar y prolongar la vida se cumple en ambos campos, el escritor procura en la mayoría de las historias un final feliz y el médico pone su sabiduría para lograrlo en la realidad.

El apasionante mundo médico y las agobiantes enfermedades han sido tema recurrente en las obras de grandes escritores, durante siglos se ha hablado de situaciones hospitalarias, de personajes con padecimientos descritos detallada y apegadamente a la sintomatología y lenguaje médico, con enfermedades ficticias, de tratamientos científicos y esotéricos, con personajes humanos o monstruosos.

Franz Kafka en su obra maestra “Metamorfosis”, narra el momento en la vida de un hombre que paulatinamente va convirtiéndose en insecto, metáfora de la transformación que algunas enfermedades provocan en los enfermos. Gustav Flaubert describe técnicamente el horror de la muerte por envenenamiento con arsénico y plasma con gran precisión la agonía provocada por este veneno en su novela “Madame Bovary”. Ernest Hemingway en “Las nieves del Kilimanjaro” se centra en la evolución de la gangrena que sufre el protagonista. En “Campamento indio” plasma la angustia del médico que debe hacer la cesárea con una navaja y sin anestesia, con los desgarradores gritos de la mujer que provocan el suicidio del esposo mientras el bebé nace. En “La cara de la desgracia” Juan Carlos Onetti describe a la perfección la autopsia con la que termina el relato.

La otra arista son los médicos que se convirtieron en escritores, como el ruso Antón Chéjov quien combinó sus dos pasiones decía que la medicina era su esposa y la literatura su amante. Carlos Williams médico y poeta estadunidense; el escocés Arthur Conan Doyle autor de “Sherlock Holmes”. El contemporáneo Oliver Saks de origen inglés, quien fue destacado químico y neurólogo, su obra “Despertares” fue llevada al cine.

En nuestro país los médicos-escritores también han jugado un papel importante en este terreno, entre muchos mencionaremos a Enrique González Martínez poeta antimodernista, Manuel Acuña poeta del movimiento Romántico, y Elías Nandino, en él la medicina y la poesía marcaron su vida.

En la hospitalaria Martínez de la Torre, tenemos el privilegio de contar con un personaje a la altura de los ya citados, un eminente médico guardián de los corazones, de espíritu altruista, sensible y humanista, noble de pensamiento, de marcada personalidad y sencillez, quien ahora nos sorprende con su faceta de escritor, actividad que desarrolla que gran soltura, primero incursionó en la narrativa sorprendiendo con su ingenio y su facilidad para describir con precisión y detalle cada episodio convidado, su amena pluma es reflejo de su cualidad de gran conversador, en cada pasaje narrado inyecta la chispa de buen humor que lo caracteriza, en cada letra pone la palabra precisa que nos transporta hasta ese lugar y ese momento que desea compartir.

El doctor Bricio Rincón, conocido y muy apreciado por los habitantes de su terruño, nos vuelve a sorprende con su segundo trabajo publicado, compendio de distintos géneros literarios, donde el ensayo, la poesía y la narrativa se amalgaman para dar lugar a una obra singular, sentimientos convertidos en letras, reflexiones plasmadas en la tinta, anécdotas sorprendentes que marcaron su vida, el reconocimiento a sus amigos, y sobre todo, derroche el amor por su familia: sus padres, sus hermanos y su esposa.

En “¡Acaso! ¿Sómos más que hormigas?, nombre del ensayo de profunda reflexión, que da el título al libro, pone al lector ante la disyuntiva existencial que tal vez, nunca antes nos detuvimos a analizar, nuestro lugar dentro del panorama infinito, lo que realmente somos o lo que creemos ser, aplicable en muchos ámbitos de nuestra vida.

Para iniciar nos recibe con un mensaje de felicidad, compartiendo los motivos que lo hacen el hombre afable y positivo que todos conocemos, Dios le provee esta dicha. Sus cavilaciones lo llevan hasta la relación que tiene nuestra vida con los números, la sincronización matemática de sucesos encadenados coincidentemente. Los amigos no podían faltar como parte del anecdotario, cómplices de jocosas aventuras. Los encuentros ocasionales con gente peculiar como el negro Batista , Juan Ostión o el Padrino Sol.

El profundo amor a los suyos fluye entre las páginas, a María Elena, compañera de larga vida, dedica unos renglones preocupado por su salud al igual que a su hermano Güichol, y a su hermano Cirilo José con alma de guerrero. Con bellas rimas nos platica quién es don Bricio Rincón Hernández, que al lado de dona Julia, formaron una numerosa familia de hombres y mujeres de bien.

Encontramos el lado científico propio de su profesión, observaciones para llevar una vida sana y placentera, nos recomienda evitar el enojo, el odio y el rencor, pues las consecuencias enferman y dañan el corazón. Sin embargo, el amor y la amistad generan bienestar con sustancias que segregamos sin pensar. Sus consejos siempre válidos con algunas advertencias, inducen a un chequeo completo pero con reservas pues si sale algo malo ni te arrepientas, tendremos que visitarlo con mucha frecuencia.

Finalmente su mente reflexiva de gran inteligencia, hace una introspección en las profundidades del ser, para encontrar la respuesta a lo que somos, con la fuerza mágica, extraña y creadora de la mente, regalo del Universo. Como buen rotario, de espíritu noble y limpio, nos recuerda que en la vida lo fundamental son los valores, pilar para formar buenos individuos, solidarios, poniendo por delante el corazón sin reservas.

Estamos seguros que este segundo trabajo literario del Dr. Bricio Rincón Aguilar tendrá el éxito que lo acompaña en todo lo que emprende.

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